• Viriliana

El niño judío: la vida en blanco o negro.

Actualizado: sep 8



Cuando eres un niño las personas te enseñan lo que ellos saben sobre la vida, así que, si naces en el seno de una familia cristiana, te enseñarán sobre Jesús, te dirán que él es el mesías, el hijo de Dios. Si naces en medio de una familia judía, te dirán que el mesías no ha llegado y Jesús es un falso profeta, te prohibirán adorar personas como encarnación de Dios. Si naces en la India tendrás otras creencias, y lo mismo pasará si eres hijo de padres budistas o musulmanes.


Cuando somos niños comenzamos a absorber ideas de nuestro entorno, construimos un modelo interno del mundo basado en los sistemas de creencias que nos rodean y en lo que interpretamos.


Según esto, me parece que necesitaríamos las 7 vidas del gato, para ensayar diferentes sistemas de creencias, y mirar con cual nos sentimos más a gusto, o si nos damos a la tarea poco fácil, de elaborar un camino propio basado en nuestra experiencia.


¿Y a qué va todo esto?


Hace varios meses atrás conocí a Joshua un niño judío de 11 años, con quien tuve una corta pero muy interesante conversación, que terminó dejándome algunas enseñanzas valiosas sobre la vida, o por lo menos lo que yo interpreté sobre la vida.


Joshua como la mayoría de los niños judíos adora comer galletas. Un día mientras él buscaba galletas, yo revoloteaba por la cocina de la sinagoga en la que trabajo, así que se me acercó y me preguntó:


- ¿Cómo te llamas? -Con esta pregunta comenzamos un intercambio de nombres, edades y países de procedencia.

Luego me preguntó - ¿eres judía?

-no, no lo soy- le dije

-Así que eres cristiana- me dijo

- umm, bueno la respuesta no es... esa exactamente, es más larga y complicada- le respondí.


Recuerdo que Joshua al escuchar mi respuesta, se quedó mirándome como el meme del niño de las papas fritas que circuló por todo Facebook, por lo graciosa de su mirada.


Así que al ver la expresión de sus ojos, le dije. –bueno, podría intentar explicarte.


Pero en ese preciso momento en el que me disponía de una manera valiente a explicar temas de escepticismo, religiones y mi punto de vista a cerca de Dios, con mi nivel de inglés, nuestra conversación fue interrumpida por una voz adulta que le pedía regresar a sus lecturas.


Vaya! creo que me sentí aliviada de que Joshua desapareciera.


Joshua no tardó en aparecer de nuevo otro día, mientras yo organizaba unas estanterías. Creo que su interés en mi respuesta le quedó martillando, o bueno, eso era lo que yo creía, porque aunque se las ingenió para escabullirse de sus lecturas, cuando me vio, me dijo:


- sí, eres cristiana, y a continuación agregó: - ¿podrías esconder el símbolo que está colgando de tu collar?

Automáticamente me miré el cuello y vi la diminuta cruz que colgaba de él, así que le pregunté cogiéndola entre mis manos: - ¿este?

El replicó: si, con voz firme.

Yo pregunté - ¿Por qué?

-no me está permitido verlo.

Luego Joshua se marchó, volvió a desaparecer y no regresó más.


Me quedé con ojos de búho, no tenía un espejo para verme, pero eran tal cual, y pensé: necesito ajos y una estaca, creo que estoy ante un vampiro, pero pues, un vampiro comelón de galletas, que no tuvo mucha curiosidad y paciencia para conocer mi respuesta.


Yo usaba por esos días una cadena de oro con una pequeña cruz que perteneció a mi hermana, la cual comencé a llevar después de su muerte, supongo que como una forma de sentirla conmigo, de ir entendiendo lo que es la muerte.


Joshua no indagó en mi respuesta pendiente, el simplemente apareció y dio las cosas por hecho, supongo que mi cruz le decía que efectivamente, yo debía ser cristiana, por otro lado, que él no debía indagar más allá de lo que ya le habían enseñado sobre este símbolo.


Esta conversación me recordó un poco mi relación con la religión en mi infancia.


Crecí siendo católica. Mi madre era una mujer muy creyente, que le gustaba llevarnos a mis hermanas y a mí, cada domingo a la iglesia para asistir a misa. También nos incluía en muchas ocasiones cuando rezaba el rosario.


Recuerdo más bien con antipatía estos momentos, la verdad no me gustaba rezar, para mí era una cuestión de repetir frases y palabras como lora, sin sentir algo profundo que moviera mis emociones. La misa tampoco parecía proponer algo diferente, se repetían cosas, unas tras otras y se escuchaban otras tantas en una solemnidad que me parecía casi insensible.


Por mucho tiempo estuve esperando que algo captara realmente mi interés o por lo menos me moviera, me refiero a que tocara mi ser con el entusiasmo que parecían sentir todos a mi alrededor, menos yo.


Solo recuerdo con grata satisfacción las historias que leía en la biblia de los niños, un libro todo colorido y fácil de leer que mi mamá había comprado para nosotras, supongo que con el ánimo de que comenzáramos a entender lo que decía la biblia. Yo lo leía con el entusiasmo de quien lee cuentos.


Para concluir la historia, creo que alrededor de mis 16 años, decidí renunciar a sentirme identificada con los ritos católicos, y por ese mismo camino con el Dios que allí conocí. Comencé a buscar respuestas a las preguntas que me surgían en otra parte.


Era mentalmente muy inquieta, me preguntaba muchas cosas. Esto me llevó a ponerme un poco densa, y a explorar los caminos de la filosofía, la psicología, el psicoanálisis, el budismo, y muchas cosas más. Para terminar, concluyendo, que todo se parece, pues buscan un fin común de brindarnos significado y mejores experiencias de vida.


Volviendo a Joshua


Como empecé diciéndoles al inicio de este artículo, pienso que la petición de Joshua de esconder la cruz, obedece a toda una serie de normas, creencias, que van pasado de generación en generación, y que los adultos brindan, en el oficio de formar a los niños para su para convivir en sociedad.


Estas creencias no son solo exclusivas de las religiones, también son creencias filosóficas, familiares, personales. Vivimos inmersos en creencias.


A toda estas reglas y creencias, nosotros siendo unos niños, también les hacemos nuestras propias interpretaciones, para poder entenderlas, y apropiarnos de esas cosas que los grandes nos dicen sobre lo que se considera bien o mal, lo que debemos y no debemos hacer.


Interpretaciones para ir encontrando un sentido, que muchas veces configura un mensaje de: las cosas son así y tú no debes indagar más allá. Mensajes en muchos casos con tonos muy morales.


Y un día cualquiera al crecer, de pronto te encontrarás a ti mismo repitiendo las mismas palabras, ideas y comportamientos, que, en lugar de aportar a tu crecimiento personal, te llenarán de miedos, juicios o señalamientos.


Vamos sofocando un poco nuestra espontánea capacidad de creatividad y autoindagación, que soporta nuestro deseo de saber sobre el mundo que nos rodea.


Por lo general, cuando los niños hacen preguntas, se les responde con lo mismo, de lo mismo. No se les motiva a cuestionar lo que los adultos dan por hecho, y mucho menos a contradecirlos.


Supongo que esto termina pasando porque aspiramos más ciegos que viendo a estar todos en el mismo saco. En una perfección humana que en realidad está llena de grietas, porque tal cosa no existe, no vemos el mundo en su naturaleza real, y mucho menos a nosotros mismos, así que las cosas tienden hacer catalogadas de negro o blanco.


No se trata de creer o no creer en una religión o filosofía de vida, me refiero a buscar caminos que promuevan en los niños, por tanto en nosotros mismos la capacidad de escuchar nuestra voz, a fomentar las preguntas y el amor para vivir desde lo diferente. 


"La vida puede ser cualquier cosa que hemos decidido vivir, solo nos toca preguntarnos, si esa vida tiene corazón para nosotros y todo lo que nos rodea, si es así, seguro que ese es el camino".



Lo que lees aquí es mi experiencia personal.


¡Gracias por leerme!


See you pronto Evribady!

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escritora

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Para traducir o escribir artículos contáctame en virileidy@hotmail.com

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