• Viriliana

¿Y si, soy yo?

Actualizado: sep 23



¿Y, si soy yo?, fue la pregunta que surgió en mí, después de llorar a moco tendido varias veces en mi vida. Bueno, estoy exagerando no lloraba a moco tendido. Me refiero a sentir que la vida, nuestra pareja, familia, amigos o trabajo se comportan de la cagada, y esto nos perturba.


Muchas veces en los rollos de la vida, sucumbimos al placer del melodrama y terminamos diciendo: “por tu culpa”, “por mi gran culpa”.

Así que un día, uno de esos resplandecientes soleados días, donde sales a la calle sonriendo a todo el mundo con la motivación de haber visto un arcoíris, porque sientes que todo es perfecto, que algo muy bueno te va a pasar, me dije de pronto:


"no son siempre los demás la causa de mis problemas, soy yo". Mi cerebro hizo PLOP.


Bueno, todo suena muy mágico y bonito, pero no es verdad. Este insight estilo el día de los iluminados, no pasó. Lo que, si sucedió, fue menos inspirador y más realista.



“Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”.


Esta es una frase de Carl Jung con un trasfondo psicológico interesante, que nos invita a comprender que todo lo que rechazamos, lo que juzgamos, lo que señalamos con culpa en nosotros y en los demás, nos lleva por los mismos caminos, donde terminamos anclados a los mismos problemas.


A través de decepciones, frustraciones, y de sentir que en mi vida se repetían situaciones una y otra vez, algo así como, tener un Déj vu, donde te dices: ¡Ey, esto ya lo he vivido antes! Y tu cerebro te responde: Uy sii, girl, lamento informarte que sí.


Empecé a reconocer patrones en mis conductas, y en la manera como respondía emocionalmente ante ciertas situaciones, identificando las mismas respuestas que no solucionaban nada.

Por lo que, poco a poco fui llegando a la comprensión de saber que debía cambiar algunas cosas en mi, para encontrar mejores soluciones. Que tenía en mis manos toda la responsabilidad de mi vida, y que estaba en mi cambiar, mas que pretender que sean las otras personas las que deben cambiar.


Que eso que yo señalaba en los demás, que para efectos prácticos denomino el Chucky interior, también me pertenecía.


Sabrán ustedes, que muchas veces vamos por la vida, alimentando en nuestras emociones, pensamientos y palabras, una víctima o un mártir en potencia.



Detectando el mártir


Según la definición, un mártir es aquel que sufre o muere por defender una causa o religión. Bueno, muchas veces somos así en la vida. Me refiero a que terminamos sufriendo o discutiendo tontamente, porque vamos como mártires aferrados a nuestras ideas. Defendiendo nuestras creencias, a capa y espada como rígidos robles.

Si las personas no tienen las mismas creencias, o no eligen lo mismo que nosotros, comenzamos a generar comportamientos de rechazo. A señalar, o a emitir juicios de valor hacia ellas, pues no se portan en base a nuestro sistema de creencias, ni moral.



Nuestro Cerebrito moral


A veces me parece que vamos con un "cura nazi" hablando a nuestros oídos, apuntando con el dedo “esto está bien” “esto está mal”, pero se trata del conjunto de creencias que construimos como sociedad y como individuos que llamamos: Moral.


Lo que sucede es que también se nos va la mano, y construimos una moral rígida y culpabilizante que pocas veces sometemos a reflexión, por lo que terminamos con nuestras etiquetas estrictas de: bueno-malo, luz-oscuridad, correcto-incorrecto….


Y se nos olvida que la moral también responde a la pregunta ¿qué debo hacer?, por lo que tiene un carácter subjetivo, pasa por la interpretación que nuestro cerebro hace de lo que nosotros creemos que debemos hacer.


En este sentido, lo bueno y lo malo, son etiquetas que surgen de nuestra interpretación, y los consensos que hacemos como sociedad. Esto tiene sus efectos prácticos, es decir, necesitamos esta diferenciación para saber que asesinar no está bien.


No obstante, muchas veces generamos más estragos que aportes, porque no sabemos cuando quitar las etiquetas. Terminamos convirtiendo lo que significa ser humano y vivir, en un Chucky moralizado.


Otras veces nos comportamos como victimas


Cuando sentimos que las cosas van mal por alguna razón, tendemos a decir cosas como: “es su culpa “, “¿por qué me haces esto?” bla, bla, bla.


Todo un repertorio lingüístico, cuando todo parece ir en picada derecho hacia el abismo, entonces sale el genio de nuestro cerebro, y dice: “esto huele a quemado, síii que huele a quemado, pero no lo quemaste tú, cúlpalo a él”


Lo que no sabemos, es que nuestro cerebro nos está poniendo en la posición de víctimas, pues sentimos que sufrimos un perjuicio a causa de la acción de los demás, y del drama de las circunstancias.


Literalmente, nuestro cerebro con sus razonamientos apurados nos empuja a señalar la responsabilidad en la otra persona, a culpabilizarla del problema, donde nosotros poco o nada tenemos que ver. Por tanto, nos despojamos de toda responsabilidad como niños pequeños, renunciando a nuestra participación en el asunto.


Así que el problema termina estando en manos ajenas, no en nuestras manos. Si nos lavamos las manos del asunto, difícilmente podremos hacer algo para mejorar la situación, pues única forma de resolver un problema es también tenerlo en nuestras manos.


Si está en manos ajenas no lo podremos resolver. No le botemos tiempo.


Me dí cuenta que dejar la responsabilidad en manos ajenas también significa dejar mi vida en ellas. Quiere decir que somos marionetas de peranito, de Dios, el gobierno, de quien sea. O sus víctimas, pues por sus actos nosotros la pasamos mal.


Y no quiere decir que las otras personas o el entorno no hagan nada que nos pueda afectar, claro que si, pero nosotros siempre tenemos una participación activa o pasiva, y es ahí donde tenemos nuestra responsabilidad de actuar y decidir qué vamos hacer con eso.


¿Cómo puede ser que mi bienestar esté en las manos de otro?, el jefe, la pareja, el gobierno, el tráfico. Comencé a ver la profundidad que esto conlleva, así que me dije: debes procurar siempre hacer algo para que tu bienestar en lo posible pueda estar en tus manos.


Cuando somos adultos tenemos un andamiaje cerebral que nos da toda la capacidad de tomar la responsabilidad y acción de nuestras vidas, o por lo menos de buscar ayuda.



¿Y sí… soy yo?


Volviendo a los mocos del inicio, entendí que ni la vida, ni mi pareja, familia, amigos o trabajo, podrían ser la cagada. Ni tampoco, soy yo la cagada.


Lo que pasa es que terminamos haciendo pataleta como niños, no hacemos un ejercicio de reflexión, sólo vemos actos insensatos en los demás, y es claro que no nos vemos a nosotros mismos como parte de los problemas.


Cuando nos hacemos la pregunta ¿y si soy yo? en vez de automáticamente buscar la culpa ajena, le abrimos la puerta a nuestro adulto, para que comience a emerger, y a tomar mejores decisiones.


Nuestro cerebro puede ser un pirómano o un buda, todo depende del uso que le demos. Este tiene una capacidad muy bonita que subestimamos. Esta es, la capacidad de mirarnos en tercera persona. Nos vemos desde afuera, como si fuéramos otra persona.


Es como decirle a nuestro cerebro: a ver querido cerebro, cállate un rato, deja de hablar como loco, tomate una pausa, no creas todo lo que piensas, miremos esto con calma …¿Por qué estas pensando eso? ¿Qué hice yo en todo este asunto? ¿Qué deje de hacer? ¿Qué debo cambiar? ¿Qué debo dejar?


Esta habilidad nos ayuda a observarnos a nosotros mismos. Es como ser el terapeuta de tu propio cerebro, para poner orden en nuestras emociones, encontrar respuestas y acciones que aporten bienestar.



Para terminar un ejemplo


Aprendí que cuando nos sustraemos de los problemas por lo general decimos frases con ME o SU: “ella me grita” “es su culpa”


Cuando le quitamos el: ME - SU, nos queda:

“ella grita”, “es culpa”


Vemos que el significado de las frases cambia.


Al decir ella grita, no estamos hablando de culpas, es como decir ella dibuja. Estamos hablando de un comportamiento que se presenta.


Esto significa que yo puedo hacer algo frente a este comportamiento, es decir, tengo la responsabilidad de decidir que hacer con él:


1. Decidir si está bien para mi ese comportamiento, aceptarlo y no quejarme.

2. Decidir que no me gusta ese comportamiento, y no aceptarlo más e irme.

3. Darme cuenta que estoy contribuyendo al comportamiento de gritar, y que debo hacer algo para cambiar y no contribuir mas.

4. Darme cuenta que fui yo, quien eligió alguien que grita, así que, lo acepto como es o me marcho.

5. Buscar las palabras mas adecuadas para expresarle a la otra persona nuestro punto de vista, pero OJO sin utilizar el TU acusador, para conciliar soluciones.


6. La solución no es cambiar a la otra persona. Si pretendemos cambiar a otra persona estamos jugando el juego de DIOS. Esto no funciona básicamente porque nadie cambia por voluntad ajena y nadie tiene super poderes.


Lo anterior por dar unos ejemplos.


Empujemos un poco a nuestro cerebro a utilizar sus facultades más allá de solo sentir la emoción, y de ser moral, de esta manera será más fácil para nosotros decidir qué hacer con esto.


Preguntarnos ¿y si soy yo?, es abrir una oportunidad para que nuestro cerebro no ande como loco, se ponga en marcha y tome mejores decisiones.


Las interacciones humanas tienen una responsabilidad compartida, si nos sustraemos de la ecuación, hay menos probabilidades de encontrar soluciones. Un ejercicio reflexivo que nos permita la responsabilidad de nuestras vidas, puede cambiar un problema o una situación desagradable, sin aditivos moralizantes.



Lo que lees aquí es mi experiencia personal. No me creas nada, no tengo una verdad. Mejor lee, vive y aprende por ti mismo y saca tus propias conclusiones sobre la vida que quieres vivir.


¡Gracias por leerme!


See you pronto Evribady!

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escritora

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Para traducir o escribir artículos contáctame en virileidy@hotmail.com

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